Conocí a Pertinaz Pertinaz hace muchos años, en los tiempos de estudiante universitario, cuando ya entonces se intuía en ella una sensibilidad artística poco común. En los largos paseos y las eternas charlas, el mundo se paraba y el aliento se contenía para dar paso al misterio y el arte. No era algo aislado ni individual: tanto ella como sus hermanos parecían formar una especie de alma grupal creativa, un pequeño universo familiar donde cada uno participaba, de alguna manera, en la obra y en la mirada de los demás. Había en ellos una manera de habitar el arte que no respondía a la pose, sino a una necesidad profunda de expresión. Al leer Rodamundos, uno comprende que aquella semilla llevaba mucho tiempo germinando. Y quiso el destino que ella se convirtiera en escritora y yo mismo, en editor. Una conjunción inevitable en el mundo de las almas libres y amables.

Rodamundos es un conjunto de microrrelatos ásperos, líricos y profundamente humanos. El símbolo del rodamundos, esa planta arrancada de la tierra que rueda a merced del viento, como muchas veces hacemos los emigrantes o los huérfanos de hogar, funciona como una metáfora poderosa de todos aquellos seres que, tras la fractura de sus raíces, quedan condenados a vagar por los márgenes de sí mismos. Los personajes que atraviesan estas páginas parecen suspendidos entre el desarraigo y la necesidad de seguir avanzando, aunque sea girando eternamente sobre sus propias heridas, sobre sus propias sombras.

La escritura de Pertinaz posee una extraña virtud: no juzga jamás a sus criaturas. Las observa con crudeza, sí, pero también con compasión. Sus historias hablan del trauma, de la herencia emocional, de la soledad y del vacío existencial, pero lo hacen desde una honestidad inteligente que evita cualquier sentimentalismo. A ello se suman las impactantes imágenes de Maldomado, eje singular de la familia artista, cuya potencia visual acompaña el texto como un eco silencioso y al mismo tiempo perturbador.

Y a pesar de que la vida transcurre en esos círculos extraños, de encuentros y reencuentros, entre tanta intemperie a veces aislada y desolada, queda siempre espacio para algo parecido a la esperanza. Porque Rodamundos no invita únicamente a contemplar la desolación, sino a atravesarla. Quizá ahí resida la verdadera belleza del libro: en recordarnos que enfrentarse al propio vacío puede ser también el comienzo de una forma más lúcida y compasiva de estar en el mundo.

Javier León, doctor en antropología, editor y escritor

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